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“No tiene pene” o Una estética de doble filo

septiembre 5, 2010

El último gran éxito en productos pop es Lady Gaga. La simple observación permite apreciar que es un producto muy distinto a cantantes precedentes, de Britney Spears a Beyoncé. Nuestro objetivo es descubrir qué la hace diferente. No pretendemos hacer un análisis de su música, ya que los críticos de los grandes medios ya la han alabado y los independientes habrán dicho lo que les haya parecido más conveniente, sino de Lady Gaga como producto, personaje y obra de arte.

No debemos caer en el error de confundir Lady Gaga con Stefani Germanotta, la joven rockera que le da vida y que dos años antes del primer CD de Lady Gaga podíamos ver haciendo versiones de Led Zeppelin en un club de Nueva York. Lady Gaga es otra cosa, es ficción.

Representa, como diría Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, “el delicioso fraude del arte, tanto más exquisito cuanto mejor manifieste su textura fraudulenta”. El producto se convierte en arte gracias a su carácter ficticio.

Vemos como sus fans le dedican un blog en el que recogen imágenes de todas sus apariciones en público; pasos por aeropuertos, entradas y salidas de hoteles, … En cada ocasión luce una imagen radicalmente distinta a las anteriores. En un videoclip como el de Bad Romance, vemos como el personaje de Lady Gaga aparece con nueve looks radicalmente distintos, que no incluyen solo cambios de ropa y maquillaje sino también de color de pelo y peinado. Uno de ellos llega a mostrarla modificada por ordenador de manera que parece monstruosamente delgada.

Cuando Walter Benjamin hablaba de la reproducibilidad técnica, es decir, de la cultura de masas, hacía una comparación entre cine y teatro. Del teatro decía que podía llegar a no ser visto como necesariamente ilusorio, que el espectador podía tomarlo como realidad. Con el cine, en cambio, esto se hacía imposible, ya que muestra imágenes “multiformemente fragmentadas”. El hecho de que Lady Gaga se muestre en público como una serie de “recortes”, deja patente su condición ficticia, aunque nos pueda confundir el hecho que sea interpretada siempre por una misma actriz.

También es importante, en este sentido, el carácter metaficcional que se incluye en sus vídeos. Los artistas detrás de Lady Gaga –supondremos que Germanotta y algún que otro productor o manager– tienen claro que su creación es un producto comercial y se muestran sabedores de ello. Así, vemos en sus vídeos una clara conciencia de su condición ficticia. En el vídeo de Paparazzi, por ejemplo, además de detalles como billetes de “The United States of Lady Gaga”, vemos como, en un plano altamente kitsch, enseña a la cámara, sin ninguna intención de hacerlo parecer natural, los cuatro anillos en los que se lee Dior, haciendo publicidad de esta marca como de muchas otras a lo largo del vídeo. La técnica es habitual hoy en día, pero lo que sorprende al espectador es el descaro con el que se lleva.

No solo se incorpora la publicidad de diversos productos a Lady Gaga, sino que también hay mucha dedicación en hacerla de la misma. El personaje de Lord Henry Wotton, en El retrato de Dorian Gray, apunta que “there is only one thing in the world worse than being talked about, and that is not being talked about”. Esta idea es aún más valida en la sociedad actual y en Lady Gaga hay una gran conciencia de ello. Es por esto que se ha creado un personaje altamente polémico, con una alta capacidad de dialogar con los discursos que lo rodean.

Si el rumor que afirmaba que Lady Gaga tenía pene fue iniciado desde el personaje o fue un invento de usuarios de Internet no tiene importancia. Lo importante es que, si era un rumor existente, los artistas supieron incorporarlo, y si no era así, supieron crearlo valorando la importancia de la provocación. Así, pudimos ver a Lady Gaga en fotografías con un vibrador en los pantalones para luego, en su videoclip Telephone, jugando con este constante diálogo interno, desmentir el rumor saliendo desnuda mientras una de las guardias de prisión que le había quitado la ropa le dice a la otra: “I told you she didn’t have a dick”. En el mismo vídeo, más que en otros, podemos observar un constante dialogar con la tradición pop que podría dar lugar a otro ensayo sobre el tema.

Esa provocación es uno de los valores estéticos del arte contemporáneo que, según Ortega, se caracteriza por su intrascendencia; si Duchamp se permite colocar un urinario en una galería es porque sabe que el arte es intrascendente, burlesco; “El artista de ahora nos invita a que contemplemos un arte que es una broma, que es, esencialmente, la burla de sí mismo”.

Lady Gaga es tan paródica del género al que pertenece que no deja de ser una broma superproducida. En su canción Fame podemos oír: “Give me something I wanna see / Television and hot blonds in odd positions” y ella se encarga de ser la rubia que adopta las posiciones más extravagantes en sus vídeos. Parte de esta actitud burlesca es adoptar una estética de lo feo. A pesar de que el suyo sea un género que marca las tendencias, la estética de Lady Gaga juega con lo kitsch y la exageración, que llega al punto de hacerse rulos con latas de Coca-Cola light. Esa exageración, sin embargo, también forma parte del papel del creador; “autor”, destaca el filósofo español, “viene de auctor, el que aumenta”. Así la vemos, tanto en sus vídeos como en conciertos y festivales, con maquillajes desmedidos y vestidos imposibles. Al admirador de Lady Gaga, al contrario del de una de sus semejantes, se le plantearán grandes problemas al intentar imitar su estilo.

Al contrario de lo que pueda parecer, podemos enmarcar Lady Gaga dentro del ámbito del arte deshumanizado, el arte destinado a unos pocos expertos. Cuando Ortega y Gasset habla del arte de principios del siglo XX lo define así, como ‘deshumanizado’; ¿por qué? Porque se empieza a considerar el arte como su propio sujeto y no como una expresión de algo ajeno. El espectador ya no buscará la empatía con lo que representa el arte sino que lo apreciará por sus formas, por lo que es. “No se trata de pintar algo que sea completamente distinto a un hombre”, dice, “sino de pintar un hombre que se parezca lo menos posible a un hombre”. Con su extrema exageración, Lady Gaga se aleja del ideal humano. Las historia de amor ya no son las historia que arrancan una lágrima al espectador si siempre acaban con la mujer matando al hombre (en los vídeos de Paparazzi, Bad Romance y Telephone), las bailarinas con poca ropa ya no son sensuales si el vestuario es absurdo y el baile inusual. “Cabe notar”, diría Ortega, “un raro predominio de la imagen denigrante que, en lugar de ennoblecer y realzar, rebaja y veja a la pobre realidad”.

El Quijote, parodiando su género, las novelas de caballería, acabó por destruirlo o relegarlo a un segundo plano. Lady Gaga va más allá. Sus autores, metidos en el mercado, saben hacer una parodia del género sin menospreciarlo, ya que es lo que los enriquece. Está claro que, en su sentido artístico más amplio, el que hemos presentado en estas líneas, Lady Gaga no es un producto pensado para las grandes masas, sino para los observadores más hábiles. Sin embargo, es también un producto de masas; no deja de subir en las listas de ventas ni de sonar en las discotecas. El público la adora porque es lo de siempre, mientras los detractores de la cultura de masas pueden apreciarla por la parodia que es. Lo que representa Lady Gaga es una estética de doble filo, que la hace un éxito comercial y una innovación artística.

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