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No escribirás el nombre de Dios en cursiva

marzo 10, 2010

No diré que fue poca mi sorpresa hace unos días al descubrir la existencia de una iglesia en Estados Unidos que prohíbe a sus fieles escribir el nombre de Dios en cursiva. Tampoco es aceptado que lean obras que lo contengan. A las obsesiones iconoclastas, como la que provocó el conflicto por las caricaturas de Mahoma, ya estamos acostumbrados, pero esto es impresionante. Estas líneas serán pecaminosas a partir del momento en que escriba: Dios. Si el apreciado lector pertenece a dicha iglesia no tiene sentido que me dirija a él, dado que ya habrá dejado de leer, pero espero que no sea el caso.

No creo que los fieles conozcan el porqué de esta doctrina tipográfica, pero sus creadores tendrían sus motivos. No debe ser difícil, si no conocerlos, intuir posibilidades. Con este propósito busqué “libro de estilo” en Google y abrí la primera entrada, el libro de estilo de El País. En él encontré una sección con 20 artículos sobre la cursiva. Me planteo si analizándolos podremos llegar a saber el motivo de la dura prohibición.

“Para neologismos de uso no extendido” es la primera opción, pero la descartaremos dado que el concepto de Dios está bastante extendido. También nos dice “Se empleará cursiva en los alias vulgares y en los apodos. En este caso, únicamente cuando acompañen al nombre, pero no así si van solos.”; en tal caso tendría sentido decir “Yahvé, Dios”, aunque “Dios” se escriba en redonda. Se descarta esta opción pero queda otra posibilidad de que Dios se tratara de un apodo; se escribiría en cursiva en el caso que se detalla a continuación: “Los apodos que agrupen a dos o más personas, o a un colectivo, se escribirán siempre en cursiva: ‘los Albertos‘, ‘los Lópeces‘.” De la prohibición deducimos, pues, que Dios es uno y no muchos.

Otra manera de verlo sería desde el apartado de los títulos: “Se escribirán en cursiva los títulos de periódicos, libros, películas, canciones, obras de teatro o musicales, o alguna de sus partes (capítulo de un libro, artículo de un diario).” Tendría sentido como una defensa del hecho que Dios no se trata de una obra de ficción, enmarcada en el realismo fantástico, como dicen aquellos que abogan por la concesión del premio Nobel de literatura a la iglesia católica.  El mismo apartado añade “siempre que los dos títulos [el de la obra y el de la parte] no se citen juntos”. En tal caso, sería curioso leer “Jesús” pero “El hijo de Dios es ‘Jesús’”.

En el siguiente apartado encontramos la siguiente apreciación: “Se empleará cursiva en los nombres de animales, barcos, aviones o naves espaciales, pero no en los de marcas, modelos industriales o programas científicos.” Vemos, pues, que Dios podría ser una marca. Esta opción me parece, en todo caso, poco probable, ya que en tal caso no hablaríamos de Dios sino de God™. “También irán en cursiva”, nos dicen los de El País, “las palabras extranjeras desaconsejadas en este Libro de estilo y que sean usadas en un texto en boca de otra persona.” De acuerdo con este punto, podríamos decir que la doctrina que analizamos aconseja y/o no considera extranjera la palabra ‘Dios’.

Finalmente, me gustaría remarcar un punto que me llama especialmente la atención:

4.21. Segundo sentido. Cuando se quiera dar cierto énfasis o un segundo sentido a determinado vocablo. Ejemplo: ‘el brazo derecho del presidente’. Ahora bien, no debe abusarse de este empleo: un texto inundado de palabras en cursiva, o considera tonto al lector o está escrito sólo para iniciados.

¿Qué podemos deducir de esta norma? Del apunte final podemos extraer que los creadores de la norma tipográfica que prohíbe escribir el nombre de Dios en cursiva pretendían hacer de la religión algo más accesible y respetuoso con el fiel. La cuestión del segundo sentido defendería una interpretación única de la figura divina. Lo que es sorprendente es la cuestión del énfasis. ¿Por qué no se puede enfatizar la figura de Dios? La respuesta puede ser simple si lo entendemos en el sentido de que no hay nada más enfático que el mismo Dios; querer enfatizarlo podría considerarse blasfemia, ya que equivaldría a insinuar que no es, por sí solo, lo más importante.

Reformulando la cuestión inicial podemos ahora decir que existe una iglesia en Estados Unidos que considera Dios un concepto suficientemente extendido, que es uno y no muchos, que no es ficticio, que podría ser una marca o un programa científico pero no un animal o una nave espacial, que debe estar al alcance de todos, que tiene un sentido único y más importante que cualquier otra cosa. Vemos que, de hecho, no es demasiado sorprendente; los de la prensa son unos sensacionalistas…

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